El silencio que rodeaba la desaparición del periodista Mateo Pérez Rueda terminó de la forma más dolorosa. Este viernes 8 de mayo, una misión humanitaria liderada por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la Defensoría del Pueblo y la Iglesia Católica, recibió el cuerpo sin vida del comunicador en las profundidades de la zona rural de Briceño, Antioquia.
El hallazgo se produjo en un punto crítico entre las veredas Palmichal y El Hoyo, un área bajo el dominio de la Estructura 36 de las disidencias de las FARC, comandada por alias «Calarcá». Tras días de intensas gestiones y mediaciones internacionales, el grupo armado permitió el ingreso de la comisión para la entrega de los restos del periodista de 26 años, quien había perdido contacto con el mundo desde el pasado martes.
Mateo Pérez, oriundo de Yarumal y director del medio digital El Confidente, se encontraba en la zona documentando la cruda realidad del conflicto armado y la corrupción en el Norte de Antioquia. Pese a las advertencias de su familia y los riesgos conocidos, su compromiso con la verdad lo llevó al corazón de una de las regiones más peligrosas para la prensa.
«Intentamos persuadirlo de que no fuera, el riesgo era demasiado alto», confesó con dolor su padre, Carlos Pérez, durante las vigilias que se realizaron en Yarumal antes de conocer el fatídico desenlace.
La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) condenó enérgicamente el asesinato, señalando que la labor de Mateo sobre economías ilícitas y dinámicas armadas ya le había acarreado presiones legales en el pasado. Su muerte es un recordatorio de la vulnerabilidad extrema que enfrentan los periodistas regionales en Colombia.
Mientras el cuerpo de Mateo es trasladado para los actos fúnebres, el gremio periodístico exige que su asesinato no quede en la impunidad y que el Estado garantice la vida de quienes, desde los territorios, se atreven a denunciar el poder de las armas.
