Lo que debía ser un trayecto rutinario entre el Aeropuerto Rafael Núñez y la ciudad de Medellín se transformó en una escena digna de un guion cinematográfico. La tranquilidad de un vuelo de Avianca se rompió minutos antes de iniciar el carreteo, cuando un niño de tan solo ocho años, en medio de una crisis de angustia, aseguró a la tripulación que la aeronave tendría un destino fatal.
El relato del menor, cargado de una convicción que estremeció a los pasajeros cercanos, activó de inmediato los protocolos internacionales de seguridad aérea. Aunque para muchos se trataba de una fantasía infantil, la aerolínea priorizó el bienestar emocional y la seguridad física, ordenando el retorno a la puerta de embarque y el desembarque total de los viajeros para una inspección técnica de emergencia.
Durante varias horas, expertos en seguridad aeroportuaria y mecánicos de la compañía realizaron un barrido minucioso, desde el equipaje de bodega hasta los sistemas de navegación, confirmando finalmente que no existía ninguna anomalía técnica. Pese a que el «vaticinio» resultó ser una falsa alarma, el episodio obligó a retrasar la operación, dejando una atmósfera de asombro entre quienes presenciaron el episodio.
Como gesto de cuidado hacia el pequeño, quien se encontraba visiblemente afectado, la aerolínea decidió reprogramar su viaje para una frecuencia nocturna. En un esfuerzo por transformar la experiencia traumática, el niño fue trasladado a Medellín en primera clase, recibiendo acompañamiento psicológico y atención especial por parte del personal de a bordo, cerrando así una jornada que quedará marcada en los registros de anécdotas del aeropuerto cartagenero.
