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Urgen reformas drásticas ante la impunidad con la que operan redes delictivas desde los pabellones de máxima seguridad.

Los recientes hallazgos en los establecimientos penitenciarios de El Barne, en Cómbita (Boyacá), y el Complejo Picaleña, en Ibagué (Tolima), encendieron una severa alarma nacional al evidenciar el nivel de sofisticación tecnológica e infraestructura bélica al que acceden las estructuras criminales privadas de la libertad. Tras intervenciones masivas de la Fuerza Pública, las autoridades incautaron cientos de telefonía móvil, tarjetas SIM, arsenales de armas cortopunzantes, sustancias psicoactivas e incluso antenas de internet satelital Starlink instaladas de forma clandestina. Esta situación expone una penetración de redes delictivas que transforma los pabellones de reclusión en auténticos centros de mando para la extorsión y el crimen organizado.

La facilidad con la que artefactos de alta conectividad y armamento atraviesan los filtros del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) refleja una falla institucional sistémica y una manifiesta complicidad en la cadena de custodias. Resulta inadmisible que reclusos de alta peligrosidad dispongan de banda ancha satelital no rastreable para burlar los bloqueadores de señal convencionales y dirigir operativos ilegales en el exterior sin mayores sobresaltos. La crisis penitenciaria demanda decisiones inmediatas en los protocolos de control, depuración de personal y sanciones ejemplares ante un esquema carcelario que, lejos de resocializar, garantiza impunidad a la delincuencia organizada en Colombia.

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