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𝗨𝗻𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗮 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗿𝗲𝘀𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗽𝗿𝘂𝗲𝗯𝗮 𝗣𝗶𝘀𝗮

Por: Jairo Torres Oviedo.

Rector de la Universidad de Córdoba.

Recientemente, conocimos los resultados de las pruebas Pisa, evaluación aplicada en 2025 y publicada hace poco. Esta prueba se realiza cada tres años, los estudiantes colombianos obtuvieron un desempeño bajo y retrocedieron en lectura y matemáticas.

En Matemáticas, el país obtuvo 381 puntos (dos menos que en 2022). El 71 % de los estudiantes no alcanzó el nivel 2, considerado el mínimo de desempeño básico. Menos del 1 % llegó a los niveles altos (5 y 6). En Lectura, el puntaje fue de 399, registrando una caída de 10 puntos frente a la medición anterior de 2022. El 55 % de los jóvenes quedó por debajo del nivel mínimo establecido. En Ciencias, fue la única área con una leve mejora, alcanzando 414 puntos.

Estos resultados muestran, en términos generales, que Colombia continúa por debajo del promedio de los países de la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) en todas las áreas evaluadas. A nivel de América Latina, el país se situó en el sexto puesto en matemáticas, por encima del promedio regional, pero lejos de los punteros como Chile. Es importante resaltar que la medición global reflejó una caída generalizada y preocupación internacional por el rendimiento escolar tras la pandemia y los retos de la era digital.

En 2025 participaron 760.000 estudiantes de 91 países y, a nivel nacional, 7.268 estudiantes de 266 instituciones educativas públicas y privadas, tanto rurales como urbanas. El nombre Pisa corresponde a las siglas del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos; proyecto de la Ocde , cuyo propósito es evaluar la formación de los alumnos al final de la enseñanza obligatoria, hacia los 15 años. El Programa ha sido concebido como un recurso para ofrecer información que permita a los países miembros adoptar decisiones y políticas públicas necesarias para mejorar los niveles educativos. La evaluación cubre las áreas de lectura, matemáticas y competencia científica, con énfasis en el dominio de procesos, la comprensión de conceptos y la capacidad de actuar en diversas situaciones.

Estos resultados han generado todo tipo de comentarios y opiniones, que oscilan entre el pesimismo, la percepción de fracaso y las propuestas sobre lo que debe hacerse para que el país asuma e implemente los correctivos que la evaluación sugiere, diseñando e implementando políticas públicas en materia educativa.

En reflexiones recientes se ha señalado que, en el contexto internacional, Colombia se ubica entre los países con peor desempeño de la región en las pruebas Pisa , con puntajes por debajo de los países de la Ocde y de la mayoría de los latinoamericanos. Además, los estudiantes del nivel socioeconómico más bajo, que habitan en zonas rurales y asisten a colegios públicos, han presentado sistemáticamente los peores resultados en las pruebas estandarizadas. La brecha entre el quintil de ingresos más alto y el más bajo es de casi 100 puntos en cada una de las áreas evaluadas.

En cuanto al género, también se observan diferencias: los hombres tienen mejor desempeño en matemáticas y ciencias, mientras que las mujeres obtienen mejores resultados en lectura. En este sentido, los resultados de las pruebas PISA se alinean con la tendencia de las pruebas Saber 11, donde persisten las brechas sociales y se amplían entre grupos étnicos, colegios privados y públicos; así como entre instituciones rurales y urbanas.

En consecuencia, el fracaso no es solo del sistema educativo, sino del país y del Estado, que no ha considerado la educación como un derecho fundamental ni como prioridad para construir nación. Tenemos un sistema educativo que refleja el país que hemos construido: profundamente inequitativo y desigual. Por ello, debemos centrar los esfuerzos en transformar las causas y no quedarnos únicamente en la discusión de las consecuencias, señalando responsables.

En definitiva, no se trata de un fracaso, sino de una oportunidad para repensar y reconstruir el país desde la educación.

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Una generación inútil

Por: Jairo Torres Oviedo.
Rector de la Universidad de Córdoba.

La humanidad ha transitado por diversas épocas que reflejan la evolución de las redes de información: desde el relato oral hasta la inteligencia artificial. En ese recorrido se han construido pensamientos y realidades que moldean nuestra manera de concebir el mundo. Hoy, la inteligencia artificial se erige como una realidad totalizante; capaz de redefinir las formas de relacionamiento social. Sin embargo, esta misma realidad tiende a individualizar y enajenar, poniendo en crisis el ideal de humanidad sustentado en la fraternidad, la ayuda mutua y la dignidad.

Por esta razón, la encíclica Magnífica humanidad del Papa León XIV plantea que la humanidad se encuentra frente a una decisión definitiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad de Dios, donde la humanidad pueda habitar en común. Según el Papa, cada generación tiene la tarea de aportar a la maduración de la historia y darle forma a su propio tiempo; evitando de esta forma, repetir los errores y tragedias del pasado. Una tarea nada sencilla, pues implica proteger la dignidad humana, promover la justicia y cultivar la fraternidad. Cuando esto no ocurre, el mundo pierde su rostro humano, agravado hoy por el predominio de poderes tecnológicos que controlan las esferas más íntimas de la vida. No basta con hablar de regulación: debemos preguntarnos quién detenta ese poder y hacia qué fines lo orienta, especialmente cuando supera incluso la capacidad de los Estados.

Este poder tecnológico, que reconocemos por haber mejorado las condiciones de vida, también nos conduce hacia escenarios insospechados y peligrosos que amenazan la dignidad humana. En este contexto, se ha comenzado a hablar de una “generación inútil”: aquella que, en los próximos veinte años, verá cómo sus responsabilidades, destrezas, capacidades y ocupaciones son asumidas por las nuevas tecnologías, en particular por la inteligencia artificial.

Dicho de otra manera, resulta inquietante el profundo contraste entre el alto grado de desarrollo científico y tecnológico y el bajo grado de desarrollo social. Para ilustrar este contraste, podemos recurrir a una imagen simple pero reveladora: mientras la más elemental demostración científica o tecnológica sobrepasa la capacidad de casi cualquier individuo, las mejores instituciones políticas, sociales o económicas no logran disipar en la mayoría de nosotros un desolador sentimiento de injusticia y desigualdad cada vez más profundo y degradante.

De hecho, podrían mencionarse múltiples ejemplos que evidencian este contraste: desde la máquina de vapor, las primeras imágenes fotográficas, el telégrafo y el teléfono; pasando por el motor de combustión, la radio y la televisión, hasta llegar a los últimos avances en cibernética, informática, robótica, Internet, telecomunicaciones, biotecnología, nanotecnología, energía nuclear e inteligencia artificial. Todo ello, constituye un conjunto de innovaciones que nos sorprenden por su eficacia, que se han vuelto imprescindibles en el curso de nuestras vidas cotidianas y que, en términos generales, cuentan con el beneplácito de la mayoría de la población. Este panorama muestra el poder de la humanidad sobre sí misma: un poder que controla y domina; donde no basta con la regulación ejercida, sino que exige preguntarnos por el sentido y la finalidad de ese poder.

Lo verdaderamente peligroso de este poder tecnológico es que podemos intuirlo, pero no preverlo. No está bajo el control de los Estados, sino de sectores privados y transnacionales que avanzan en una dirección contraria al bien común. Mientras unos pocos controlan el presente y configuran el futuro mediante nuevas formas de poder tecnológico, otros se limitan a reflexionar sobre ello, y muchos, simplemente observan y esperan.

Consecuentemente, se hace necesario plantearnos las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿hacia dónde vamos?, ¿cómo enfrentar estos nuevos poderes?, ¿cómo dar respuestas que se conviertan en acciones colectivas y no en la pasividad de simples espectadores de un orden tecnológico que nos supera e impone modos y formas? Responder a estas preguntas implica tomar posición con responsabilidad en esta era de la inteligencia artificial. Como recuerda el Papa, evocando dos imágenes bíblicas, estamos ante la disyuntiva de construir una nueva torre de Babel o reconstruir los muros de Jerusalén.

El debate está abierto: ¿edificamos una sociedad autosuficiente y desvinculada, o construimos un mundo donde prevalezcan la justicia, la dignidad y el bien común?

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La agenda de seguridad se dispara en el Gobierno de ‘El Tigre’.

Por Hubert Ariza.

Columna de opinión tomada de El País de España.

Para Abelardo de la Espriella, Colombia estuvo arrodillada ante el crimen durante los últimos años. Ahora comienza una nueva fase de la guerra interminable que el país vive desde hace más de seis décadas.

La política en Colombia se vive con vértigo. Los acontecimientos suceden a una velocidad tal que quien parpadee puede perderse entre el mar de desinformación de las redes sociales, los titulares de los medios tradicionales, la batalla por imponer una narrativa entre la derecha y la izquierda, la disputa cultural y los egos de los protagonistas de una agenda política que cambia permanentemente.

Hace tan solo 20 días, el país se despertó con un terremoto de 7,4 que golpeó con fuerza a cinco departamentos y dejó más de 153.000 familias damnificadas, 319 fallecidos, 4.506 heridos, 260 desaparecidos y 31.461 viviendas destruidas, además de cientos de edificios en lista para ser demolidos. Después de la tragedia, las réplicas ya suman 332.

A pesar de la magnitud de la catástrofe y de la responsabilidad que tiene el Gobierno nacional con las víctimas, la atención de la opinión pública pareciera haberse desplazado nuevamente hacia el acontecer político.

El dolor de las víctimas, el heroísmo de los sobrevivientes, la respuesta inmediata de los empresarios, la solidaridad de los colombianos, la cooperación extranjera y la gestión del Gobierno han quedado relegados en la agenda mediática por un tema que domina el interés nacional desde hace más de seis décadas: el conflicto armado interno.

A este escenario se suma el debate en el Congreso sobre el proyecto de reforma económica que impulsa el ministro de Hacienda, una iniciativa que ha despertado la atención de los expertos por el inusitado incremento de las cifras del Presupuesto General de la Nación.

En la Patria Milagro está cerrada la puerta de la paz negociada y la Paz Total quedó sepultada. Después del fracaso de esa política implementada durante la administración de Gustavo Petro, la narrativa que busca imponerse es la de la victoria militar sobre los grupos armados ilegales, ahora calificados como terroristas.

“La paz en la que cree este Gobierno es la paz que se impone con la fuerza de las armas y las leyes de la República”, señaló el mandatario en Riohacha. Una tesis que ha repetido en varias ocasiones y que, para el jefe de Estado, constituye el camino para establecer una paz “verdadera y duradera”.

Los golpes a los cabecillas de las estructuras armadas ilegales le han dado más alas al Ejecutivo para consolidar una estética de poder militar que pasó de los anuncios a los hechos.

El jefe de Estado se esfuerza en mostrarse como un hombre cercano a la tropa, un comandante que conduce a las Fuerzas Militares hacia una hipotética victoria, cuyo ideal sería el sometimiento de los actores armados ilegales sin mayores concesiones por parte del Estado.

Con su nueva vestimenta de tropero, el mandatario construye la puesta en escena de los grandes anuncios: bombardeos a campamentos guerrilleros y bajas de integrantes de organizaciones armadas ilegales. Ese presidente tropero, en un país que continúa en guerra, parece dispuesto a imponer la narrativa de que la única salida es militar y a desechar los caminos exitosos de negociaciones de paz anteriores.

El país tendrá que acostumbrarse a un presidente que alienta la ofensiva militar en los territorios, presenta resultados de operaciones y busca apoyarse en Estados Unidos para escalar la confrontación contra las organizaciones armadas ilegales. Un mandatario que, además, tampoco pareciera dispuesto a ceder ante la protesta social que se anuncia y que podría manifestarse con fuerza en las zonas históricamente afectadas por el conflicto.

Colombia parece repetir algunos elementos de los años del gobierno de Álvaro Uribe y su política de Seguridad Democrática y mano dura, aunque esta vez sin el lema del “corazón grande”, cuando el entonces presidente era recibido en el rancho de su homólogo estadounidense, George W. Bush.

Durante esos ocho años de gobierno, el incremento de las acciones bélicas, los bombardeos y los ataques produjo una presión permanente por mostrar resultados militares. La degradación de la guerra contra las Farc terminó degradando también la democracia hasta desembocar en uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente: los llamados falsos positivos.

La política del body count se impuso y algunos miembros de la Fuerza Pública recibieron incentivos para producir “positivos”, es decir, resultados operacionales medidos en bajas de integrantes de grupos armados. Las cifras de guerrilleros muertos terminaron convirtiéndose, en numerosos casos, en un engaño a la opinión pública y en una vergüenza para la Fuerza Pública.

En la Jurisdicción Especial para la Paz, una instancia de justicia transicional que sectores de la derecha han planteado cerrar o reformar profundamente, se han conocido testimonios de altos oficiales y soldados procesados por ejecuciones extrajudiciales. Los falsos positivos continúan siendo una herida abierta en Colombia y un episodio que algunos sectores se empeñan en negar o minimizar, mientras arremeten contra la JEP y buscan desprestigiarla.

Lo que ha visto el país durante este primer mes del mandato del presidente Abelardo no son falsos positivos, sino combatientes de organizaciones ilegales muertos en operaciones militares que el Gobierno presenta como legítimas. Sin embargo, la imagen del mandatario mostrando los cadáveres de guerrilleros muertos tras un bombardeo, introducidos en bolsas blancas, desató una tormenta política y mediática y le dio la vuelta al mundo.

Los sectores más belicistas aplauden los bombardeos contra los campamentos guerrilleros y celebran la muerte de los jefes de esas organizaciones. Pero que mueran menores de edad en esos operativos no puede ser motivo de celebración. Precisamente porque la guerra tiene límites y esos límites están establecidos, entre otras normas, por el derecho internacional humanitario.

Esos bombardeos, que podrían multiplicarse con el paso de los días, pueden marcar el comienzo de una nueva espiral de guerra que acompañará los cuatro años del Gobierno, con el respaldo de Estados Unidos. Colombia mantiene un papel estratégico en la cooperación internacional contra el narcotráfico y las organizaciones armadas ilegales en la región.

La ilegalidad, por su parte, está respondiendo a la ofensiva del Estado. El ataque con un carro bomba contra una estación de Policía en Los Patios, Norte de Santander, ocurrido el pasado 31 de agosto, constituye una muestra de esa respuesta violenta. Cada acción genera una reacción y el Estado tendrá que estar preparado para las consecuencias de una nueva escalada del conflicto.

La nueva estrategia de seguridad —mano dura, cero negociación, sometimiento y control territorial— parece haberse sellado con el cierre de tres mesas de negociación que habían sido abiertas durante el Gobierno Petro: con el Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF), la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB) y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN).

A los integrantes de esas organizaciones ya no se les ofrece una mesa para negociar, sino la posibilidad de una desmovilización bajo presión militar. La fórmula parece simple: sometimiento o muerte.

Ese mensaje quedó ilustrado con la muerte de Naín Pérez Toncel, alias Bendito Menor, y su esposa, Rosa Angélica Tarazona. Naín, de 26 años, era señalado como máximo cabecilla de un frente de las ACSN. La muerte lo sorprendió durante un operativo de la Policía Nacional, con apoyo de inteligencia de Estados Unidos, en Riohacha, La Guajira, en la madrugada del pasado viernes.

El resultado de esa operación constituye un triunfo político y militar para el nuevo Gobierno, que busca demostrar que va en serio en su ofensiva contra los cabecillas de las organizaciones armadas ilegales. La noticia fue presentada en el Batallón Cartagena de Riohacha, acompañada del ritual de los cuerpos introducidos en bolsas blancas y del jefe de Estado vestido con uniforme militar.

Es un protocolo que ya había generado enorme rechazo cuando el mandatario recorrió la fila de 23 bolsas blancas que contenían los cuerpos de los integrantes de las disidencias de las FARC muertos durante un bombardeo en el Guaviare.

“Los que tienen que sentir pánico y terror son los delincuentes, porque aquellos que no se sometan terminarán de esta forma”, señaló el pasado viernes el presidente en Riohacha, quien no pierde oportunidad para atacar los procesos de paz desarrollados durante el Gobierno Petro.

Para él, durante los últimos años Colombia estuvo arrodillada ante el crimen. Ahora comienza una nueva fase de la guerra interminable que el país vive desde hace más de seis décadas.

El Tigre está de cacería. Pero los lobos de la guerra saben que este nuevo capítulo apenas comienza.

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Solidaridad en tiempos de tragedia

Por: Jairo Torres Oviedo.

Rector de la Universidad de Córdoba.

El pasado lunes 10 de agosto, a las 7:30 de la mañana, cuando los colombianos iniciaban la semana con expectativas frente al nuevo gobierno, la tierra se estremeció. Durante un minuto y treinta segundos, la naturaleza nos recordó su misterio y nos mostró nuestra fragilidad como especie humana, en un mundo donde solemos creer que somos autosuficientes y poderosos frente a otras formas de vida.

Algunos interpretaron el fenómeno como un mensaje oscuro, evocando profecías o castigos divinos; otros lo relacionaron con el cambio climático. Sin embargo, más allá de las explicaciones científicas que lo reconocen como un fenómeno natural, lo que emergió con fuerza fue la certeza de que, ante la adversidad, no estamos solos.

La tragedia nos golpeó, pero también nos convocó. Nos recordó que la verdadera fortaleza no está en dominar la naturaleza, sino en la capacidad de unirnos, de tender la mano al vecino, de reconstruir juntos lo que se pierde. En medio del dolor, surgieron gestos de solidaridad: familias compartiendo techo y alimento, comunidades organizándose para ayudar, voces que alentaban a no rendirse.

Hoy, más que nunca, necesitamos mirarnos como parte de un mismo tejido humano. La esperanza no se encuentra en negar la tragedia, sino en la certeza de que, unidos, podemos levantarnos. La tierra se sacudió, sí, pero también despertó en nosotros la convicción de que la solidaridad es la fuerza que nos permitirá seguir adelante.

Desafortunadamente, la incomprensión de la naturaleza aún mantiene vivas viejas creencias que le atribuyen poderes sobrenaturales y formas de castigo social, alimentadas por supersticiones religiosas. Más allá de esas interpretaciones, lo cierto es que la tierra siente, resiente y se expresa, movida por causas que generan consecuencias dolorosas y trágicas, como el reciente terremoto que derrumbó pueblos y ciudades, dejando en escombros edificios y hogares, y con ello la pérdida de cientos de vidas humanas.

Del mismo modo, la afectación del aparato productivo y económico; la vida social, cultural y educativa de las regiones afectadas como: Chocó, Risaralda, Caldas, Quindío, Valle del Cauca. En donde los costos productivos que están dimensionando, dan cuenta, según la línea base publicada por la red de la Cámaras de Comercio de 127 municipios en los cinco departamentos de mayor afectación; en los cuales tienen asiento 269.786 empresas; que sostienen 1.396.020 empleos formales; equivalente al 15 % del empleo formal del país y el 93 % de ese tejido económico son microempresas. Estos no son datos exactos; sino proyecciones que evidencia el daño ocasionado por el fenómeno natural y la magnitud de la tragedia humana, económica y social.

En este orden, el sector educativo también sufrió graves daños en su infraestructura; de acuerdo con diagnóstico preliminar del Ministerio de Educación Nacional, las afectaciones han sido evidentes; en infraestructura educativa en 19 departamentos, 1.631 sedes escolares y 500 mil estudiantes afectados.

En cuanto a la educación superior, se registran daños materiales en 117 instituciones de educación superior públicas y privadas; dentro de las cuales, 54 sedes presentan alta afectación en su infraestructura; 91 mantienen afectaciones en las actividades académicas y 114.855 estudiantes afectados en el servicio educativo.

Por ello, desde la Asociación Colombiana de Universidades Ascun, y el Sistema Universitario Estatal SUE; hemos brindado apoyo y acompañamiento solidario a las víctimas, poniendo al servicio nuestras capacidades y experiencias para mitigar la tragedia social y humana en las regiones afectadas.

En este escenario de destrucción, dolor, angustia y desesperanza, extendemos la mano a muchos colombianos que perdieron seres queridos, bienes materiales, empleo y medios de subsistencia. Estas tragedias generadas por la naturaleza, develan, no solo la fragilidad humana; sino la vulnerabilidad social de muchas regiones, que padecen el atraso y abandono estatal; que viven en condiciones paupérrimas y reflejan las asimetrías sociales.

Este terremoto, al igual que muchas otras tragedias naturales continúan mostrando las inequidades y desigualdades sociales no corregidas. Pero cuando suceden, la reacción inmediata y humana es la solidaridad como expresión del compartir con generosidad y desprendimiento en función del otro y los otros; reacción importante, pero no suficiente; se requiere la acción decidida del Estado. Buscar la forma de intervenir a través del incremento del gasto público; para de esta forma, hacer inversiones en materia de infraestructura física, económica y atención de la población afectada.

Es necesario recalcar, que esta iniciativa de inversión y activación del aparato productivo, solo lo puede hacer el Estado; centrar el esfuerzo en la reconstrucción de las regiones afectadas. Necesitamos la solidaridad y acción decidida del Estado para superar la tragedia que hoy padecen muchos colombianos.

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𝐔𝐧𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐧 𝐭𝐮 𝐜𝐨𝐥𝐞𝐠𝐢𝐨

Por: Jairo Torres Oviedo.

Rector de la Universidad de Córdoba.

El pasado 19 y 20 de agosto, la Universidad de Córdoba dio la bienvenida a los estudiantes del programa «Universidad en tu colegio», iniciativa del Ministerio de Educación Nacional orientada a ampliar la cobertura de la educación superior.

Este programa integra y articula la educación superior con la educación media, a través de la oferta de programas técnicos y tecnológicos dirigidos a estudiantes de los grados 10 y 11. Se trata de un modelo que busca democratizar el acceso a la educación superior en los territorios periféricos del país, abriendo caminos de oportunidad y transformación.

En convenio con el Ministerio de Educación Nacional, la Universidad de Córdoba implementó el programa en 18 instituciones educativas de 11 municipios pertenecientes a las subregiones del departamento. Gracias a esta alianza, 1.270 estudiantes de grado 10 iniciarán su proceso formativo en el programa académico de Técnico Profesional en Programación Web.

De esta manera, una vez culminen el grado 11, los jóvenes recibirán no solo el título de bachiller, sino también el de técnico profesional. Este logro representa un paso firme hacia la construcción de un futuro con más oportunidades, donde la educación se convierte en la herramienta de liderazgo y esperanza para transformar vidas y comunidades.

En este sentido, el programa, Universidad en tu colegio, se convierte en un modelo para integrar la educación media con la superior y apalancar la política de regionalización que la Universidad de Córdoba ha venido implementando para descentralizar y democratizar el acceso a la educación superior en cada subregión de Córdoba, incluyendo ofertas académicas en condiciones de calidad y pertinencia. Lo anterior, responde y contribuye a resolver un problema estructural en materia de cobertura.

Oportuno señalar que, la cobertura en educación superior en Córdoba es del 30 %, cuando el promedio nacional está en 60 %; es decir, por cada 100 bachilleres que anualmente egresan de la educación media, solo 30 ingresan a la educación superior.

En esta dirección, la política de regionalización de Unicórdoba; en sintonía con el Plan Nacional de Desarrollo PND 2022-2026; que concibe la educación como un derecho fundamental progresivo, que garantice dignidad humana y justicia social de poblaciones históricamente excluidas del acceso a la educación superior, propone defender este derecho para avanzar en el cierre de brechas sociales y regionales.

Ahora bien, la política de regionalización necesita de acuerdos políticos y sociales; de esta forma, fortalecer y construir capacidades en infraestructura física, tecnológica y humana, donde la Universidad aporta su liderazgo, capacidades y experiencia para crear programas académicos diversos, pertinentes, flexibles y de calidad; es decir, un modelo educativo contextualizado que llegue a las regiones periféricas, rurales y rurales dispersas, facilitando la ampliación de cobertura para ofertar educación superior a nivel técnico, tecnológico y profesional en condiciones de calidad.

En este orden de ideas, es importante reiterar el potencial del Córdoba; no solo es su posición geográfica, diversidad, flora, fauna, recursos naturales, suelos fértiles y costas, sino que tenemos la población joven menor de quince años más grande del país. Este potencial humano requiere capacidades en materia de conocimiento; es decir, acceso a educación superior.

En consecuencia, la política de regionalización de la Universidad de Córdoba, convertida en modelo de ampliación de cobertura, necesita la integración de capacidades entre los actores del desarrollo territorial para cerrar brechas sociales y dar respuesta a las necesidades de inclusión educativa en municipios con baja cobertura, especialmente en territorios rurales, rurales dispersos y afectados por el conflicto armado; además, articular la educación media con la superior, facilitando el ingreso temprano de estudiantes de educación media a programas de formación técnica profesional, eliminando barreras de tránsito hacia la educación superior. Lo que equivale a dar la oportunidad para integrar y fortalecer la educación básica y media; lo cual significa, fortalecer sus capacidades institucionales.

La Universidad de Córdoba reafirma su responsabilidad social y voluntad institucional, su capacidad científica, académica y humana, al servicio de un propósito humano y transformador. Este modelo de regionalización; articulado con el programa: «Universidad en tu colegio», permitirá aumentar cobertura en educación superior en las subregiones abandonadas y condenadas a la pobreza y violencia.

Nuevamente insistimos e invitamos a la institucionalidad pública, privada, sectores de la sociedad civil y la dirigencia política, a que construyamos un pacto social y político por la educación superior como derecho al servicio de la sociedad y juventud cordobesa.

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𝐔𝐧𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐧 𝐭𝐮 𝐜𝐨𝐥𝐞𝐠𝐢𝐨 

Por: Jairo Torres Oviedo.

Rector de la Universidad de Córdoba.

El pasado 19 y 20 de agosto, la Universidad de Córdoba dio la bienvenida a los estudiantes del programa «Universidad en tu colegio», iniciativa del Ministerio de Educación Nacional orientada a ampliar la cobertura de la educación superior.

Este programa integra y articula la educación superior con la educación media, a través de la oferta de programas técnicos y tecnológicos dirigidos a estudiantes de los grados 10 y 11. Se trata de un modelo que busca democratizar el acceso a la educación superior en los territorios periféricos del país, abriendo caminos de oportunidad y transformación.

En convenio con el Ministerio de Educación Nacional, la Universidad de Córdoba implementó el programa en 18 instituciones educativas de 11 municipios pertenecientes a las subregiones del departamento. Gracias a esta alianza, 1.270 estudiantes de grado 10 iniciarán su proceso formativo en el programa académico de Técnico Profesional en Programación Web.

De esta manera, una vez culminen el grado 11, los jóvenes recibirán no solo el título de bachiller, sino también el de técnico profesional. Este logro representa un paso firme hacia la construcción de un futuro con más oportunidades, donde la educación se convierte en la herramienta de liderazgo y esperanza para transformar vidas y comunidades.

En este sentido, el programa, Universidad en tu colegio, se convierte en un modelo para integrar la educación media con la superior y apalancar la política de regionalización que la Universidad de Córdoba ha venido implementando para descentralizar y democratizar el acceso a la educación superior en cada subregión de Córdoba, incluyendo ofertas académicas en condiciones de calidad y pertinencia. Lo anterior, responde y contribuye a resolver un problema estructural en materia de cobertura.

Oportuno señalar que, la cobertura en educación superior en Córdoba es del 30 %, cuando el promedio nacional está en 60 %; es decir, por cada 100 bachilleres que anualmente egresan de la educación media, solo 30 ingresan a la educación superior.

En esta dirección, la política de regionalización de Unicórdoba; en sintonía con el Plan Nacional de Desarrollo PND 2022-2026; que concibe la educación como un derecho fundamental progresivo, que garantice dignidad humana y justicia social de poblaciones históricamente excluidas del acceso a la educación superior, propone defender este derecho para avanzar en el cierre de brechas sociales y regionales.

Ahora bien, la política de regionalización necesita de acuerdos políticos y sociales; de esta forma, fortalecer y construir capacidades en infraestructura física, tecnológica y humana, donde la Universidad aporta su liderazgo, capacidades y experiencia para crear programas académicos diversos, pertinentes, flexibles y de calidad; es decir, un modelo educativo contextualizado que llegue a las regiones periféricas, rurales y rurales dispersas, facilitando la ampliación de cobertura para ofertar educación superior a nivel técnico, tecnológico y profesional en condiciones de calidad.

En este orden de ideas, es importante reiterar el potencial del Córdoba; no solo es su posición geográfica, diversidad, flora, fauna, recursos naturales, suelos fértiles y costas, sino que tenemos la población joven menor de quince años más grande del país. Este potencial humano requiere capacidades en materia de conocimiento; es decir, acceso a educación superior.

En consecuencia, la política de regionalización de la Universidad de Córdoba, convertida en modelo de ampliación de cobertura, necesita la integración de capacidades entre los actores del desarrollo territorial para cerrar brechas sociales y dar respuesta a las necesidades de inclusión educativa en municipios con baja cobertura, especialmente en territorios rurales, rurales dispersos y afectados por el conflicto armado; además, articular la educación media con la superior, facilitando el ingreso temprano de estudiantes de educación media a programas de formación técnica profesional, eliminando barreras de tránsito hacia la educación superior. Lo que equivale a dar la oportunidad para integrar y fortalecer la educación básica y media; lo cual significa, fortalecer sus capacidades institucionales.

La Universidad de Córdoba reafirma su responsabilidad social y voluntad institucional, su capacidad científica, académica y humana, al servicio de un propósito humano y transformador. Este modelo de regionalización; articulado con el programa: «Universidad en tu colegio», permitirá aumentar cobertura en educación superior en las subregiones abandonadas y condenadas a la pobreza y violencia.

Nuevamente insistimos e invitamos a la institucionalidad pública, privada, sectores de la sociedad civil y la dirigencia política, a que construyamos un pacto social y político por la educación superior como derecho al servicio de la sociedad y juventud cordobesa.

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Reconstruir el país, demoler el pesimismo, apagar el incendio

El proceso de renacer de Colombia después del terremoto tiene que convertirse en una enorme oportunidad para unirnos alrededor de un solo propósito

Por: Hubert Ariza

Tornado de El País (España).

Cuando el presidente Abelardo de la Espriella se acostó el pasado 7 de agosto, luego de posesionarse en Cali y celebrar su victoria, estaba convencido de que su anunciado plan de la Patria Milagro tenía una ruta clara para ejecutarse y moldear a Colombia con mano de hierro y la intervención de Estados Unidos.

De acuerdo con su discurso inicial, se trataba de una visión que contaría con un Plan Nacional de Desarrollo apoyado en varios ejes: seguridad, orden, justicia, transparencia, descentralización, lucha contra el comunismo, fumigaciones aéreas, Escudo de las Américas.

Pero la naturaleza, caprichosa y salvaje, se encargó tres días después de despertar todos los miedos, resquebrajar los sueños, aterrizar las vanidades y poner a las comunidades a exigir la reconstrucción de sus municipios, en medio de una guerra interna, el agudo déficit fiscal, un mundo convulsionado y un país sitiado por la polarización, la guerra y el odio.

La tarea es gigantesca. Colombia ha sufrido el peor terremoto de este siglo, que ha dejado más de 300 muertos, igual cifra de desaparecidos, cerca de 5.000 heridos, cientos de construcciones en ruinas. El monto inicial de la reconstrucción se estima en más de 30 billones de pesos, pero la cifra podría aumentar con el paso de los días. Un monto incomprensible para la mayoría de los colombianos, pero dramática en las mentes de los responsables de las finanzas nacionales, que deberán sacar plata de dónde no hay para encausar el rumbo del país luego de la catástrofe natural.

Y lo peor, no ha parado de temblar, ni en Colombia, ni en el vecindario. Las placas tectónicas se siguen moviendo, y el pánico duerme con los colombianos, que con solo sentir el ruido de una ventisca ya creen que los edificios se desplomarán encima de sus cabezas. Mientras las réplicas mantienen a las comunidades aterradas, las autoridades buscan recursos, asistencia técnica, cooperación internacional, créditos blandos y pista para una reforma tributaria.

La pregunta es quién pagará la cuenta, que siempre deja sin capital político a los gobernantes. Comenzando su mandato, imponer gravámenes que disminuyen la clase media y empujan a miles a la pobreza no es buena alternativa para ningún liderazgo. Difícil tarea tiene el equipo económico que aterriza en Hacienda con las arcas vacías, el país resquebrajado y la gente sufriendo la tragedia. El hambre y la desolación son malas amigas del márquetin político.

Decir que son tiempos de unidad es una obviedad, lograrla es una tarea titánica. La polarización no cede. Los fanáticos del Gobierno y el petrismo siguen en campaña política. Hay que mirar la historia y aplicar las lecciones aprendidas de otras catástrofes naturales.

Una de esas tragedias fue la avalancha del volcán Nevado del Ruiz, que borró el municipio de Armero, en el departamento del Tolima, durante el Gobierno de Belisario Betancur. Y el terremoto de Armenia, Quindío, el 25 de enero de 1999, que dejó mil muertos, cientos de heridos y una devastación inconmensurable de esa ciudad del Eje Cafetero. En ambos casos Colombia fue capaz de recuperarse, con un plan de reconstrucción que tuvo un concepto clave de recomposición del tejido social, lucha contra la corrupción y eficiencia en el manejo de los recursos públicos y la cooperación internacional.

Esos dos ejemplos dan espacio para suponer que la gerencia de la reconstrucción del terremoto de agosto de 2026, como decía Mockus, construirá sobre lo construido, con visión de unidad, aplicará las lecciones aprendidas, e impedirá la instrumentalización política de las víctimas.

El país espera que el gerente del Fondo Milagro, Jaime Andrés Uribe, aplique las lecciones de Luis Carlos Villegas, presidente de la junta directiva del Forec, el famoso Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero, cuyas luces son muy valiosas. Hay que mantener alejado el oportunismo de los políticos, cerca a los técnicos, bien cuidados los recursos para que no se pierda un solo centavo, y muy sintonizadas a las víctimas y las comunidades para que sean protagonistas de la reconstrucción de su propio futuro.

El proceso de renacer de Colombia después del terremoto tiene que convertirse en una enorme oportunidad para unir al país alrededor de un solo propósito. Por eso, ninguna estrategia puede estar ligada a la simbología de la campaña electoral, que quedó atrás el 7 de agosto, y fue superada por la magnitud del terremoto. Lo que sigue es una estrategia de demolición del odio, extinción del fuego electoral y recuperación del tejido social. La reconstrucción bien vale un proceso de diálogo nacional entre las fuerzas políticas en el Congreso, para trazar una hoja de ruta que dignifique a las víctimas, reconstruya el tejido social y saque a Colombia adelante.

A la par de la reconstrucción está la cultura de prevención y la respuesta a nuevos sismos en Colombia. También la educación alrededor del cambio climático, que es una agenda que no se puede echar a la basura cuando el planeta da señales permanentes de la magnitud de la crisis ambiental. El negacionismo es mala consejera en este campo.

En medio de la situación de desastre nacional, el presidente De La Espriella ha continuado armando su equipo de Gobierno, en un mundo paralelo donde la política ha pasado a un segundo plano, a pesar de que cada día se toman decisiones trascendentales que ratifican el giro radical de Colombia a la derecha, como el ingreso al Escudo de las Américas o el reconocimiento a Israel de los Altos del Golán, por citar solo dos casos. La guerra cultural es otro campo de batalla que el Gobierno estimula en todos los escenarios posibles, especialmente el educativo.

Hablar del proceso político suena extraño en estos momentos, cuando el dolor colectivo no disminuye y las redes sociales están inundadas de imágenes de tragedia y heroísmo.

El polvo del terremoto nubla hoy la mirada sobre la política, cuyo desarrollo no se detiene. La oposición que lidera el expresidente Gustavo Petro está obligada a sintonizarse, también, con la nueva realidad que vive Colombia. Quizá sea momento para bajarle el volumen al Twitter, decretar una tregua política, un alto al fuego de la palabra, para no atizar la polarización y la revancha mientras se lloran los muertos y se levantan de nuevo las casas. En estos días de tragedia todas las energías deben estar enfocadas en salvar vidas y afianzar la democracia.

La réplica de la oposición al primer discurso del presidente demostró qué tan extraña se ve la puesta en escena que hace dos meses despertaba emociones. La furia de la naturaleza ha demolido las imágenes y los estereotipos de la derecha y la izquierda. Es momento de escuchar la razón y darle espacio a la vida. La política bien puede esperar.

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¿El Libro de la Verdad o el libro de la narrativa?

Luis Fernando Ballesteros Mesa

Representante a la Cámara por Córdoba

Vivimos en tiempos de posverdad. Una afirmación ya no necesita ser cierta para convertirse en “verdad” ante millones de personas. A veces basta con repetirla hasta instalarla en el imaginario colectivo.

Las redes sociales, los algoritmos, los bots y ahora la inteligencia artificial multiplicaron esa capacidad. Una acusación puede recorrer el país en horas; una rectificación, una investigación o una sentencia pueden tardar meses o años.

Por eso el llamado Libro de la Verdad, presentado por el presidente Abelardo de la Espriella, merece una discusión que vaya más allá de su nombre.

Que se investigue todo. Si durante el gobierno de Gustavo Petro hubo corrupción, quienes sean responsables deben responder. Defender un proyecto político jamás puede significar defender a un corrupto.

Pero una cosa es corrupción y otra muy distinta una diferencia ideológica.

Una reforma agraria, una política social, una concepción sobre el papel del Estado o una decisión económica pueden discutirse, criticarse e incluso rechazarse. Eso se llama democracia. Convertir una diferencia sobre el modelo de país en corrupción exige pruebas, no narrativas.

El propio presidente ha reconocido que corresponde a la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría determinar las responsabilidades. Entonces dejemos que investiguen y que la justicia establezca la verdad.

Porque aquí aparece una peligrosa desigualdad: la narrativa corre a la velocidad de las redes; la justicia avanza al ritmo del debido proceso.

Cuando las autoridades finalmente establezcan qué ocurrió, la percepción pública puede llevar meses o años instalada. Algunas acusaciones terminarán quizás en condenas y otras posiblemente no. Pero para entonces la narrativa pudo haber cumplido su propósito político.

Y es que las narrativas no solamente buscan convencer. También construyen legitimidad.

Primero se instala una versión de la realidad. La repetición la convierte en percepción colectiva. Esa percepción produce respaldo político y ese respaldo puede utilizarse para conquistar el poder o para justificar posteriormente decisiones contrarias a las políticas que se pretende desacreditar.

Ahí está el verdadero peligro para la democracia.

Cuando una afirmación ha sido desmentida por los hechos y, aun así, se continúa difundiendo deliberadamente como cierta, ya no estamos simplemente frente a un error. Estamos frente a una práctica de manipulación de la opinión pública.

Y eso debe producir rechazo popular.

También por eso la réplica es necesaria.

Gustavo Petro tiene derecho a controvertir las afirmaciones hechas sobre su gobierno. Y sus respuestas, naturalmente, también deben someterse al contraste de los hechos.

Porque la posverdad no tiene ideología. Puede utilizarla la derecha o la izquierda, un gobierno o una oposición.

El antídoto es una ciudadanía crítica.

No compartamos automáticamente porque algo confirma nuestras creencias. No condenemos porque una acusación sea tendencia. No permitamos que una repetición masiva sustituya las pruebas ni que un algoritmo decida qué debemos considerar verdadero.

La democracia necesita ciudadanos, no repetidores.

Que Abelardo denuncie. Que Petro responda. Que los medios contrasten. Que los organismos de control investiguen. Que la justicia decida.

Y que el pueblo rechace cualquier intento deliberado de convertir una falsedad en verdad mediante la repetición.

Porque una narrativa puede convertirse en tendencia, generar respaldo e incluso ayudar a conquistar el poder.

Pero ningún título, ningún algoritmo y ningún millón de reproducciones pueden transformar una mentira en verdad.

La verdad no se decreta. Y tampoco se fabrica.

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Opinión

Apuestas en educación superior en el nuevo gobierno

Por: Jairo Torres Oviedo
Rector de la Universidad de Córdoba.

La Asociación Colombiana de Universidades Ascun, construyó y presentó ante la comunidad académica nacional y opinión pública, el documento titulado: “Educación superior: Una apuesta intergeneracional por Colombia” esto, como insumo y aporte para el debate público y en el pasado debate presidencial; lo cual, con el propósito de que asumieran un compromiso con la educación superior. Documento que adquiere relevancia en las apuestas educativas del nuevo Gobierno.

Desde la Asociación hemos hecho parte activa y constructiva de la educación superior del país; por ello, reconocemos los avances relevantes construidos en la última década, en medio de tensiones estructurales sin resolver y que requieren soluciones de Estado. Destacamos el crecimiento sostenido de la matrícula, la expansión territorial de la oferta y la diversificación institucional, los esfuerzos recientes por fortalecer la educación pública y la gratuidad de la matrícula. Sin embargo, el aumento de la cobertura continúa siendo un desafío complejo, debido a la ausencia de información unificada entre educación formal y no formal y, falta de un marco integral que defina la educación terciaria o postsecundaria. Pero, aún persisten brechas territoriales de género, desigualdades en la elección de áreas del conocimiento; sesgos estructurales que afectan la permanencia y un modelo de aseguramiento de la calidad que no equilibra exigencia, diversidad y pertinencia. En conjunto con lo anterior, las tensiones financieras derivadas del marco fiscal, la fragmentación normativa, necesidad de modernizar la gobernanza y dificultades para conciliar expansión, calidad y sostenibilidad.

En este sentido, enfrentamos la necesidad de construir una visión de la educación superior que responda a los retos nacionales y globales como son: el cambio demográfico, disminución de la natalidad, transformación tecnológica; especialmente, impulsada por la inteligencia artificial, cambio climático y transición energética; de igual forma, las crecientes demandas sociales de equidad, inclusión y justicia ambiental.

De acuerdo con lo anterior, Ascun propone al nuevo Gobierno, continuar avanzando en consolidar un Sistema Nacional de Educación con enfoque de derecho, bien público y corresponsabilidad social. Además, la educación superior como actor para articular esfuerzos intergeneracionales, favoreciendo la construcción de confianza, conocimiento y formación ciudadana; generando respuestas integrales y sostenibles a los problemas de país. Por ende, necesitamos una nueva gobernanza intersectorial con políticas para promover trayectorias educativas flexibles y diversas, que amplíen oportunidades para quienes históricamente han sido excluidos de la educación superior por factores como: la edad, condición laboral o ubicación territorial. En este orden, la propuesta de Ascun, impulsa una política pública de ampliación de cobertura con calidad, pertinencia y permanencia; de igual modo, proponemos al nuevo Gobierno, reconocer y resaltar el papel de la educación superior como espacio de encuentro para enfrentar los desafíos de país de manera colaborativa y sostenible.

Consecuentemente, proponemos al Gobierno las siguientes apuestas: 1. lograr que más estudiantes accedan, permanezcan y se gradúen en educación superior. 2. elevar la calidad y el reconocimiento del sistema de educación superior colombiano. 3. Alcanzar una presencia pertinente de las instituciones de educación superior en todo el territorio nacional. 4. Generar más impacto de la ciencia, la tecnología y la innovación que producen las IES. 5. Permitir que el aporte que hacen las IES colombianas sea más visible y responda a los desafíos actuales y futuros. 6. Buscar salidas a las nuevas tensiones relacionadas con salud mental, física y bienestar en las IES. 7. Impulsar la innovación, la transformación digital y la sostenibilidad integral de Colombia desde las IES. 8. Garantizar un equilibrio armónico entre autonomía universitaria, rendición de cuentas e inspección y vigilancia.

Abordar estas y otras apuestas requiere una mirada de país y una convicción de la necesidad de construir consensos para lograr decisiones políticas y normativas que permitan avanzar entre otros, en: Fortalecer las políticas de acceso, cobertura y permanencia. Definir un modelo integral y sostenible de financiamiento del sistema mixto. Transformar la gobernanza del sistema. Reorientar el sistema de aseguramiento de la calidad. Desarrollar políticas integrales de bienestar. Impulsar una agenda estratégica de transformación digital y adopción ética y soberana de la inteligencia artificial y, fortalecer la internacionalización como política de Estado.

En conclusión, comprender la educación superior como una apuesta intergeneracional, concebida como compromiso de Estado, permitirá construir colectivamente una visión de futuro y avanzar en las transformaciones del sector. No es solo una postura sectorial, sino una apuesta de país: la convicción sobre el desarrollo sostenible, la justicia social, la paz y productividad dependen de un sistema de educación superior sólido, articulado e innovador.

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Análisis aclaratorio sobre gratuidad de la matrícula.

Por: Jairo Torres Oviedo.

Rector de la Universidad de Córdoba.

Recientemente, el diario El Tiempo publicó un informe titulado «Las universidades que más plata recibieron durante el Gobierno Petro por gratuidad: a algunas se les dio hasta 11 veces más por estudiante», nota elaborada previamente por el Observatorio de Universidades Colombianas. El informe periodístico señala que las transferencias por estudiante fueron altamente desiguales entre las instituciones de educación superior públicas y plantea interrogantes sobre la equidad y la transparencia en la distribución de estos recursos. Frente a lo anterior, resulta pertinente hacer una aclaración y comprender, cómo funciona el modelo de financiación del sistema universitario estatal.

Es importante resaltar, que el sistema de financiación de las instituciones de educación superior públicas en Colombia se encuentra regulado por la Ley 30 de 1992. En particular, los artículos 86 y 87 han establecido, durante más de tres décadas, el marco normativo de financiación de las universidades estatales. El artículo 86 dispone que los presupuestos de las universidades públicas del orden nacional, departamental y municipal se conforman a partir de tres fuentes principales: (i) (i) los aportes provenientes del Presupuesto General de la Nación destinados a funcionamiento e inversión; (ii) los recursos que puedan aportar las entidades territoriales; y (iii) las rentas y recursos propios que cada institución genere en ejercicio de su autonomía universitaria.

En consecuencia, el modelo previsto por la Ley 30 de 1992 parte de una concepción descentralizada del financiamiento universitario, en la cual las instituciones de educación superior públicas implementan estrategias para generar ingresos que les permitan atender gastos no cubiertos por el Estado. Entre estas estrategias se encuentra el cobro de matrícula; entendido como un aporte financiero de los estudiantes para cubrir parcialmente los costos de formación. Sin embargo, el valor de las matrículas no es uniforme entre las universidades públicas: cada institución, en ejercicio de su autonomía, define su modelo de liquidación atendiendo a sus particularidades académicas, financieras y administrativas, con lo cual determina el valor de la matrícula.

Por ello, cualquier comparación sobre el valor de los recursos transferidos por estudiante debe considerar que el Estado no creó valores diferenciados de matrícula para distribuir los recursos de gratuidad. Lo que hizo fue asumir el pago de las matrículas previamente fijadas por cada universidad, bajo las condiciones establecidas en la Ley 2307 de 2023 y su reglamentación.

Lo que el informe periodístico debió aclarar y precisar es que la variación en los recursos asignados refleja las diferencias históricas entre los sistemas de matrícula de las instituciones de educación superior públicas, y no una distribución inequitativa, preferencial o arbitraria de los recursos públicos destinados a garantizar el acceso y la permanencia en la educación superior.

Más bien, la discusión sobre el tema debe enfocarse en la eficiencia de los recursos asignados, las inequidades entre instituciones y las brechas territoriales. Es importante tener presente, que cuatro universidades públicas, que equivalen al 12% del total de universidades estatales, concentran el 48% de los ingresos nacionales, mientras que el conjunto del Sistema Universitario Estatal no resulta financieramente autosostenible debido a la rigidez del modelo de financiamiento.

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